Maldita suscripción

Quizás lo que estoy escribiendo ahora poco tiene que ver con fotografía o con lo que siento día a día, pero podría decir que todo empezó a gestarse cuando las notificaciones del tipo “tu espacio en la nube está ocupado al 80%” empezaron a aparecer.

Después de mucho borrar archivos, correos y fotos que no hacían más que disminuir el espacio para cosas importantes, llegué a un punto donde cada vez que hacía el proceso la recompensa iba siendo  menor. Entonces tenía que decidir entre pagar una nueva suscripción o hacer algo que me permitiera tener más control sobre mi información.

Entonces invertí algo de dinero en un PC sencillo, en algunos discos duros y empezar a configurar algo de lo cual sólo tenía nociones muy básicas; un cúmulo de conocimientos principalmente alimentados por (bastantes) videos de Youtube. Y pensar que esa era la parte sencilla del proceso.

Descargar todos mis archivos y fotos de Google fue el primer escollo: Esos 15 GB gratis, que debían haberse podido bajar en unos minutos con una buena conexión, terminaron siendo 650GB, ya que Google almacena toda tu información sin comprimirla y te da acceso a versiones pequeñas, que son las que se cuentan en tu espacio disponible. Y ni hablar de que también estaban ahí esas fotos que no ocupaban espacio cuando empecé a usar el servicio.

También, de sorpresa, me enteré que por cada foto que agregaba a un álbum, se creaba una copia, razón por la cual tenía muchos archivos duplicados, especialmente en aquellos álbumes automáticos o compartidos.

Ahora tenía que alojar las fotos en otro sistema: ese fue otro parto, porque lo que debía ser tan simple como “cortar y pegar” tenía asociado un proceso complejo que me permitiera hacer búsquedas y detectar todos esos archivos duplicados. Pero después de al menos una semana, lo logré, repitiendo procesos con el fin de suplir el sinnúmero de errores que arrojaba la tarea. Todo eso en el contexto de aprender a usar programas usando códigos que ya no recuerdo.

Así vino el proceso más complejo y del que hasta cierto punto me arrepiento: hace mucho tiempo había dicho que digitalizaría la totalidad de mis películas disponibles en DVD o Bluray que he acumulado durante años, incluso décadas a esta altura, impulsado también la cancelación de un par de suscripciones que ya no estaba ocupado o cuya calidad, en forma y fondo, estaba decayendo constantemente, por lo menos para mis gustos e intereses. Esto ya había logrado con mi colección musical, entonces tenía “algo” de sentido.

La primera idea fue bajar desde ciertos sitios una copia del mismo registro que yo tenía, pero rápidamente me di cuenta que los archivos de audio que quería rescatar estaban en mala calidad o faltaban los subtítulos que para mi caso, era esenciales. Así entendí que debía hacer el proceso yo mismo.

Empecé con mis DVDs (gracias a sacar un lector de un notebook viejo); eso no fue complejo y bastante “rápido”: 30 minutos en pasarlos al disco duro y otros 25-30 minutos en “comprimirlos” para optimizar algo el espacio. Luego vinieron los Bluray, pero como no tenía como leerlos, usé algunas descargas en bruto (algo así como 50gb por disco) y un proceso de cercano a los 90 minutos para optimizar los archivos.

Luego llegó el turno de los discos en formato 4k: tuve que comprar un lector específico para esta tarea, instalarle un firmware específico y empezar el proceso: 90 minutos mínimo para pasar 85gb a un disco duro y 3 horas promedio para optimizar el archivo y reducirlos aproximadamente a un 35% de su tamaño original. Y en ese proceso murió el lector.

Logré recuperar algo de dinero ya que aún había garantía y terminé el proceso con las versiones extendidas de El Señor de los Anillos, donde mi PC tuvo que trabajar 5 horas y media sólo por “El Retorno del Rey”. Es que procesar un archivo de 230 GB no es muy motivador.

Teniendo eso en consideración, ni siquiera me he referido a la cantidad de pruebas que tuve que hacer para decir “esta configuración me acomoda”, las equivocaciones detectadas después de 6 horas, los archivos que al comprimirlos terminaban “pesando más” y los discos que a veces fallaban al final del proceso y después de varios intentos, pasaban.

Mi PC trabajó por semanas y yo estuve dándole instrucciones cada cierto tiempo para aprovechar de la mejor manera mi tiempo y no desatender el resto de mis responsabilidades. Fue más de un mes de trabajo, fuera de mi trabajo, en mis espacios libres, y en mis vacaciones.

Es posible que ya hayas dejado de leer hace rato, pero el detalle “técnico” es muy necesario para entender las cosas que damos por sentadas cuando tenemos un abanico de servicios, películas y series a la distancia de un click, pagando una “módica suma”.

Es que la conveniencia es un arma de doble filo y cada día caemos más en un espiral que nos hace perder la noción del valor y lo satisfactorio de la fricción, aquel acercamiento que se siente al tener en tu poder un disco y luego decidir tomar acciones, ya sea pa disfrutar o para un fin de preservación y respaldo. No es cómodo, pero es tangible.

Al final del día, creo que es importante tener conciencia de lo que implica la conveniencia de estos servicios donde “no tienes nada y eres feliz”, conformándote con pagar miles de pesos al año para que, cuándo no puedas pagar más, te quedes con las manos vacías. Eso sí, puedes decir que es cómodo, pero dudo que estés conforme con lo que pagas por el servicio que obtienes. Tampoco creo que me puedas decir que ha ido mejorando después de cada subida de precio. No por nada la piratería está en ascenso.

Soy un fiel defensor del formato físico y eso me ha permitido construir una biblioteca propia de música y películas, elegidas por mí y con las cuales incluso tengo vivencias y recuerdos asociados. No son solamente una lista de opciones que se me arrojan a la cara sólo porque algo o alguien cree que me dará satisfacción: puede funcionar un poco, pero no deja de ser automático, inorgánico e incluso forzado.

Ahora mi colección está disponible en mi casa y en la nube, y puedo interactuar con ella como quiera. Mi relación es directa, yo lo controlo y eventualmente podré traspasar estas “propiedades” que, gracias a mi trabajo, se mantendrán intactas, tal como las experimenté por primera vez, ni temer el “se va pronto” de un servicio o a que alguien quiera hacerle “ajustes”.

Ojalá todos pudiéramos decir “maldita suscripción”, porque es algo que recomiendo infinitamente para retomar un poco el control de nuestras vidas cada vez más digitalizadas, pero al mismo tiempo sé que no es para todos.

De todas maneras, si piensas en eso, puedo ayudarte.

PS: Por ahí ronda la frase “Si comprar no significa poseer, entonces piratear no es robar”. Por lo menos a mi me hace mucho sentido.

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