Estoy a punto de contar dos meses de estar casi religiosamente sentado en el mismo lugar a la misma hora. La motivación original tiene mucho que ver con quien soy y como hago las cosas, pero en ese intento fallido, conseguí un espacio que realmente necesitaba.
Si soy sincero, parte de mi quería que la idea original se cumpliera mágica y espontáneamente en los días siguientes, pero eso se fue desvaneciendo más rápido de lo que pensé, porque hice lo que tenía que hacer mientras aprovechaba de pensar en cómo reactivar temas que estaban durmiendo: así he podido conseguir algo de equilibrio entre lo que ocupa mi cabeza nueve horas al día, mis proyectos personales, mis intereses y mis responsabilidades.
Es un lugar público y nunca estoy solo, pero entre mi música en los oídos y las letras que se van sumando una tras otra en la pantalla, consigo que todo esté en orden, al menos por una hora. No tengo nada que controlar, sino sólo hacer algo que me distraiga. Y aunque no sepa que hacer, siempre nace algo.
No sé si todo es cíclico, si soy muy complicado o mis temas son muy profundos, pero cada cierto tiempo olvido lo bien que me hace estar solo; entender que necesito ese espacio para conectar con lo que me define y que no debo llenarlo con efectos especiales o con falsos ídolos.
Pero tampoco debo abusar y pensar que esta es una fórmula para el éxito. Lo importante es que entiendo que aquel espacio es una herramienta más, un invento propio, que nació de algo distinto y que puedo tomar o dejar en cualquier momento, apartándome de mi propia rigidez.
Es la única manera de hacer que todo encaje.
2026.05.25
En la foto, el Instituto Superior de Comercio Eduardo Frei Montalva en pleno centro de Santiago.
Santiago, Chile.
Comments are closed.

